James Rodríguez también hace goles de derecha

Aunque en la memoria de todo el mundo James Rodríguez es más zurdo que el Ché Guevara, también se ha dado el lujo de anotar golazos con la pierna diestra. Hay que agregar que este James del que hablamos es el papá del James que todo el mundo conoce. Wilson James Rodríguez, jugador que anduvo por Cúcuta, Tolima y Cali metió este bombazo contra el Caldas. Iván Mejía en su sección del «Show del gol Criptón» le dedicó una frase gentil: «este muchacho juega muy bien».

Todavía faltaban dos años para que el James de hoy naciera.

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James papá en 1989 haciendo su mejor esfuerzo para lucir el bigote que entonces exigía el reglamento.

Un gol con «síndrome Naty Botero»

Hay mujeres que se ven hermosas cuando están lejos de nuestro panorama, pero la perspectiva de belleza se modifica a medida que se acercan a nuestros ojos. Bien es sabido de aquellas féminas que de acuerdo al lenguaje masculino tienen un «muy buen lejos». El oasis de la distancia hace que su aspecto sea esplendoroso pero al acercarse termina siendo una mujer normal, no tan despampanante como se imaginaba.

A este extraño caso de sofisma se le ha bautizado como el «Síndrome Naty Botero». Belleza y normalidad pueden convivir a medida que se aproxima la víctima de este síndrome a su objetivo masculino. Pero no es un problema exclusivo del sexo opuesto. En materia de goles también ha pasado más de una vez que uno advierte el final deseado de un gol que pinta para ser hermoso pero que al final, termina siendo una anotación común y corriente. Uno, al predecir el final imaginando una conclusión ideal -un balazo al ángulo con estirada elástica del arquero- es quien se equivoca: el desenlace de la escena es un puntazo deforme y un arquero despatarrado.

Este gol tipo «Naty Botero» fue narrado en precisa forma por William Vinasco, acompañado del joven Adolfo Pérez durante el mítico especial de los 500 goles.

Nota de la redacción: el síndrome «Naty Botero» también se denomina «síndrome de las gafas negras». Hay mujeres que con antiparras oscuras se ven deseables y suculentas, pero cuando el sol se va y ellas se las quitan, es probable que la magia de su encanto desaparezca.

Cuando Bonner puso cachos

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Cada vez es más raro en estos tiempos de torneos cortos, flexibilidad laboral y jugadores cuentacobristas encontrar casos de futbolistas de un solo equipo en toda su carrera. Bonner Mosquera, buen volante de Millonarios que habría podido tener mayor proyección de haber aprendido a parar el balón, estuvo a punto de ser uno de ellos.

Debutó en 1992, cuando las toldas azules recién se reponían de esa bomba atómica que fue el 7-3 que les propinó Santa Fe en el primer partido del año. Su carrera tuvo entonces una curva ascendente y alcanzó su pico más alto en 1995 cuando fue un habitué de las convocatorias del «Bolillo» y estuvo con Freddy León en la nómina de la Copa América de Uruguay.

Sonó religiosamente en todos los eneros durante por lo menos cinco años para irse al América, pero nunca pudo, o nunca quiso, no lo sabemos, abandonar su zona de confort. Estando en ella el mencionado ascenso de su desempeño de repente se detuvo, su rendimiento se estabilizó por la franja media y, en consecuencia, las ofertas de fin de año se hicieron cada vez más raras, más modestas. Hace poco confesó que el fútbol nunca fue su gran pasión, cosa que a muchos les bastó ver un partido suyo para intuir.

Consciente de que era ahora o nunca, a finales de 2000 y luego de que el clima organizacional del camerino azul se deteriorara, circunstancia de la que muchos lo señalaron como gestor, recibió una discreta oferta de Defensor Sporting de Uruguay que después de mucho meditarlo aceptó. No fue la transferencia que sacudió el mercado, ninguna rotativa tuvo que detenerse para registrarla.

En Uruguay no partió en dos la historia de la liga. Permaneció un año, lapso en el que Millonarios logró el único título internacional de su historia y el único oficial que obtuvo mientras Bonner fue jugador activo: la Merconorte 2001. Por supuesto, al regresar ese diciembre pitaron todos los detectores salinos del aeropuerto por los que pasó.

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La última selección Colombia vestida de rojo

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Arriba: Barack Obama, Freddy Rincón, Leonel Álvarez, Óscar Cortés, «Barrabas» Gómez, Óscar Córdoba. Abajo: Carlos Valderrama, Víctor Aristizábal, Faustino Asprilla, «Chonto» Herrera y Wilson Pérez.

Muy añorada por estos días, la camiseta roja de Colombia, la del 1-1 contra Alemania, la de la clasificación a Italia’90 y el debut ganador en este mismo torneo, tuvo una despedida, en partidos oficiales, bastante discreta, poco acorde con su abolengo.

Ocurrió que luego de una dolorosa derrota por penales contra Argentina en la semifinal de la Copa América de Ecuador de 1993 al equipo de Pacho y Bolillo (BF4E) le correspondió viajar a Portoviejo para disputar con los locales el siempre insulso partido por el tercer puesto del torneo, que es como una pelea con otro ex novio para ver quién es el padrino del matrimonio de la que no fue de ninguno de los dos.

Pero lo que importa aquí es que al ser Ecuador local en el estadio Reales Tamarindos, pudo jugar con su uniforme principal lo que obligó a Colombia a recurrir al alterno. De rojo Umbro con pantaloneta azul y medias amarillas saltó a la cancha la tricolor  que esta vez tampoco tuvo entre los inicialistas a Adolfo «Tren» Valencia, delantero para entonces con su poder goleador en plena ebullición, pero a años luz todavía de igualar el talento que Víctor Aristizábal derrochaba -sin el balón- en aquella competición, razón por la que era titular de la selección, pero sobre todo del corazón del cuerpo técnico.

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Otro de Buenaventura, Freddy Rincón, en un fallido intento por repetir ante las cámaras el gesto posterior al gol contra Alemania.

El gol del de Buenaventura -que entró para el segundo tiempo-, con el que se ganó el partido y el bronce fue un pequeño acto de tardía justicia divina, valga decirlo. Y hay que decir también que una vez sonó el pitazo final nadie sabía que este era también cobijaba a un un fiel traje de trabajo. Por tal razón no hubo ni discursos, ni copa de vino ni ronda scout entonando “no es más que un hasta luego”. Nada.

Y es que la muerte de este atuendo solo ocurriría meses después, a comienzos de 1994 cuando en circunstancias todavía sin aclarar del todo –algunos dicen que fue exigencia de la Fifa, otros señalan a la Federación- se optó por abandonar esta combinación cromática para pasar a la camiseta azul con pantaloneta azul y medias amarillas. Esta combinación tuvo, por cierto, un bautizo de octava: en su estreno un criminal patadón de un sueco alias «Anderson» y que impactara en la rodilla derecha del Pibe Valderrama, puso al país a hacer cadenas de oración para que el diez samario pudiera estar en el Mundial como en efecto sucedió no obstante muchos hoy creen que lo reciente de esta lesión influyó entre mil factores más en el desempeño regularzón y collazos que mostró.

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El Pibe, segundos después de sentir la fuerza de Escandinavia.

Como es bien conocido, el segundo uniforme luego mutaría: la pantaloneta pasaría a ser blanca así como las medias. El rojo sería progresivamente excluido, pues las medias de la pinta principal ahora las prefieren blancas.No obstante, es bien sabido que el hincha del fútbol es amante de las tradiciones y defensor de los valores además de nostálgico y melancólico. Por tal razón no se descarta que en Brasil regrese el rojo y, ya metidos en la onda vintage, ¿por qué no los bigotes y las madrinas de la selección?

EXCLUSIVO: Cuando el Cole traicionó a la patria

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El Cole intenta intimidar al paparazzo que lo sorprendió el la tribuna del Sapporo Dome durante el Italia-Ecuador por la primera fase del Mundial  Corea-Japón 2002.

Si alguien debe andar que revolotea por estos días, en sentido metafórico y literal, es, por supuesto, el popular Cole.  A este híbrido, mitad ave, mitad hincha, que no usa calzoncillos, hoy se le ve pletórico, pues luego de tres eliminaciones consecutivas, corría serio riesgo de que el país decidiera prescindir de sus servicios por considerarlo caduco y, de nuevo literalmente, ave de mal agüero.

Plenamente consciente de esto, a varias palomas con las que solía departir en sus días de aburrimiento cuando no había un partido de Colombia cerca les confió su gran temor: le aterraba un día ser abordado por sujetos que se bajaran de un carro sin placas y con vidrios polarizados solo para reaparecer semanas después disecado en una sala del Museo Nacional.

Pero no fue así. Ya todos sabemos que Colombia logró la hazaña, que volverá por fin a un Mundial y que al autoproclamado hincha número uno de la selección se le extendió su vida útil al menos por un par de meses más en los que, no obstante, deberá hacer algún esfuerzo por reinventarse, sobre todo si quiere producir algo más que terror en las nuevas generaciones que huyen despavoridas ante la expresión que se instala en su rostro durante su  peculiar grito de batalla sin volumen.

Pero antes deberá aclarar un episodio oscuro de su vida. Un grave desliz del que se hablaba en voz baja en los pasillos y nidos de los estadios pero que nadie hasta ahora se había atrevido a sacar a flote. Es algo tan incómodo para muchos como el liquid paper en los registros civiles de los héroes. Pero en el Bestiario del balón nuestro compromiso es con la verdad y con que los futbolistas vuelvan a lucir bigote  y por eso no tememos publicar esta imagen a  la que tuvo acceso después de hacer gala de gran pericia la división de traiciones aviares a la patria de nuestra Unidad Investigativa.

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El nuevo atuendo del Cole no fue más que una cortina de humo.

Se trata de la prueba reina que confirma lo que ya muchos sabían: en el 2002 el Cole, el mismo fanático, arquetípico y paradigmático, hincha a toda prueba, incondicional de la selección no aguantó más la sequía mundialista y alzo vuelo rumbo a Japón y Corea para apoyar a la selección Ecuador.

Dirá en su defensa que Ecuador era Colombia en ese Mundial por cuenta del Bolillo Gómez. O que no era él sino un hermano que nació en su mismo nido y que por su parecido siempre le ha causado problemas «si no me crees mira a ver si ese caremondá tenía calzoncillos, verás que sí, no joda». En últimas sugerirá que se trata de un vil montaje orquestado por sus enemigos encabezados «por ese tal Bambuco que yo no sé por qué siempre me ha visto como un obstáculo y se ha empeñado en hacer trizas mi carrera a punta de calumnias».

Sea cual sea el desenlace, desde esta redacción hacemos votos para que el episodio se aclare. Si llega a ser inocente, nos retractaremos. Pero si se confirma su culpabilidad exigiremos la máxima pena que para este caso bien puede ser la de terminar sus días en una desapacible jaula del Zoológico Santa Cruz  mordiendo los deditos de los niños que intentan alimentarlo cómo única forma de descargar su frustración.