Luis Daniel Gamarra

De esos refuerzos de perfil mediano que, de entrada,  el hincha sabe que no serán un fiasco pero que difícilmente harán curso de ídolos.

Llegó a Santa Fe proveniente de Cienciano de Cuzco en 2005.  No había terminado de desempacar cuando ya estaba listo para que lo operaran por una lesión de ligamento cruzado. Regresó en agosto y ya iba alzando vuelo cuando, de nuevo, su ligamento cruzado se partió en dos (igual que su carrera)  en la cancha sintética del Nacional de Lima en un partido contra Sporting Cristal por la Libertadores de 2006. Para esa

altura ya llevaba 17 partidos, tres goles, y varias salvas de aplausos.

La que padeció en Lima fue de esas lesiones jarochas de las que los futbolistas nunca logran recuperarse. Gamarra lo intentó, de hecho jugó dos partidos con Real Cartagena en 2007,  anduvo por Patriotas y en 2010 figuró en la lista de refuerzos del Bucaramanga, pero sólo en condición de sombra del jugador que alguna vez fue.  Pero si en Colombia la gloria le fue esquiva, no lo fue el amor.

En algún momento, no podemos precisar cuándo ni como, sucumbió a los encantos de una bella cucuteña. Enamoradizo, Daniel se sacó o le sacaron, no importa, pieza en la frontera y allí se instaló como un cucuteño más, presidente quizás del club de amiguitos del asadero de Hugo Horacio Lóndero que, supondremos, tarde o temprano heredará.

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