Hamlet Mina

El Nelson Rivas colombiano (recordemos que Rivas es, ante todo, un italiano más). Con la misma dosis de talento que a miles de futbolistas apenas les ha alcanzado para deambular un par de años por equipos de mitad de tabla de la B, Mina, en cambio, ha tenido la inmensa fortuna de ser poseído por el más hábil de los trapecistas cada que sale de un equipo logrando, ante el asombro de la afición, caer casi siempre parado.

Recio volante amigo del juego brusco y también de la noche, Hamlet comenzó su carrera en el Deportivo Cali a finales de la década de 1990. Sin causar propiamente sensación pasó luego al rival de patio en donde se mantuvo hasta 2002. De ahí, una temporada en Santa Marta para recargar energías y junto a la  Sierra invocar al trapecista que, diligente,  atendió el llamado permitiéndole aterrizar en Santa Fe a comienzos de 2004. En Bogotá fue príncipe de Cun-Dinamarca recibiendo atenciones de todo tipo, incluida una de Millonarios que lo acogió en junio después de seis meses de desenfreno en el bando rival.

Cansado de tanta fortuna, Hamlet sintió que era hora de ser más consecuente con su nombre y que tenía que imprimirle un toque más dramático a su trayectoria. Fue por esto que al salir de Millonarios a finales de 2004 le pidió al trapecista que lo abandonara, que ya estaba bueno de vacas gordas y que era hora de añadirle espinas a su carrera. Pensando en eso descartó ofertas de equipos poderosos para recalar en en Unión en 2005 y de ahí bajar a ese purgatorio en la tierra que es nuestra primera B con el Centauros de Villavicencio.

Su drama voluntariamente aceptado se prolongó por un año más con un tercer regreso al Unión Magdalena (suponemos que buscando estar más cerca de su sensei, seguramente un mamo Kogui). Después, y cansado ya de tanto sufrimiento, un nuevo llamado al pie de la Sierra al espíritu del trapecista que, generoso, le permitió caer nada más y nada menos que en el Estrella Roja. Con el pasaje ya listo y la transferencia ya cerrada, Mina se dio cuenta de que el espíritu le había resultado chocarrero cuando supo que el Estrella Roja no era el de Belgrado sino el de Caracas.

Superado el chiste pesado del más allá, sendos pasos fugaces por Cortuluá y Quindío para a finales de 2009  intentar invocar, ahora sí,  al espíritu de confianza, al del trapecista de siempre. Pero no. Otra vez el chocarrero y otro chiste flojo: lo mandó para el América-Clinton.