
El podcast que lleva varios años en el top of the heart de la familia del fútbol colombiano no podía dejar pasar el evento que tiene a medio país saltando en una pata, incluida la Policía.
Espere en esta edición especial:
-La conexión Obama-Shakira-John Pineapple.
-¿Shakira nuestra Messi?
-Qué le espera a Bambuco tras el pitazo final del Mundial.Incógnita.
-Coreanos del Norte persiguen a Bambuco. Serpa por qué.
-Exclusivo: fragmentos de las clases de educación sexual en nuestras selecciones menores.
-¿El Pascual Guerrero es percepción? Debate.
Y el video de Marca: buscando el balón en el potrero.
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Con Barranquilla, cuna del patriarca, tan cerca era muy difícil que la “colística” no llegara a Santa Marta. ¿Cómo no iba a haber un cole samario si ya había avichuchos similares en Tuluá y Pereira? Tal vez un poco tarde (la foto es de 2007, no hay registros previos), pero finalmente hubo quien se le midiera a darle a Santa Marta un cole. Más discreto, más sobrio, sin patrocinios ni exposición mediática, pero eso sí con un prominente abdomen que le impedía colgarse de las tribunas del Eduardo Santos por temor a que estas sufrieran daño estructural, el del Unión supo mantenerse fiel al ala más ortodoxa de la “colística”.


La euforia de los días felices de la selección Colombia a comienzos de 1994 dio para todo. Fue un referente, un Norte colectivo, todos querían acercarse, parecerse a ella y a sus integrantes. Esto hizo, por ejemplo, que los técnicos de los equipos del torneo local se matricularan en masa en las facultades de filosofía de sus ciudades, los volantes diez, por su parte, dormían frente a las tiendas naturistas a la espera del pedido de camomila para aclarar sus cabelleras y los asistentes técnicos ingerían cantidades industriales del alcohol con el anhelo en mente de parecerse a su similar jerárquico en la selección mayor.
Los hinchas no se quedaron atrás, tampoco “el Cole“, símbolo de la fanaticada del equipo de Maturana. Sagaz y pionero, el profesional de la mensajería barranquillero decidió comercializar franquicias de su personaje. En un computador con Wordstar redactó un manual de estilo y un decálogo de imagen y en los días libres que le dejaban los partidos del combinado patrio recorría el país capacitando nuevas generaciones de coles.
Por supuesto, el popular esteticista sabía que debía cuidar su negocio y elementos clave como la correcta distribución de las cuerdas y las poleas para evitar irse de bruces contra el cemento y el dato de la marca de témperas para pintarse la cara sin riesgo de intoxicación no fueron incluidos en el kit Happy Cole, como lo llamó. Esto hizo que los incautos que lo adquirieran terminaran convertidos en una especie de cole decafeinado, un cole versión freeware, como este hincha del Pereira. Para él y para todos los otros coles anónimos que a finales de los noventa surcaron nuestras gradas este pequeño pero sencillo homenaje