Las vainas de jugar contra los "rusos"

“Pilas que vamos a jugar contra unos “rusos”", dijo un dirigente de Independiente Santa Fe a sus jugadores a comienzos de los años ochenta, pensando que sería una fenomenal motivación para sus futbolistas enfrentarse a una poderosa selección internacional.
Sin embargo los muchachos bogotanos estaban acostumbrados a otro tipo de estepa cuando se hablaba de los “rusos”, porque cuando el plantel terminaba sus entrenamientos matinales ya sabía que si se hablaba de rusos, el cuadro a encontrarse en las afueras del Parque La Florida o en las vecindades del Club de Empleados oficiales, era ver dos arcos de banquitas, un pastizal irregular, varios cascos plásticos, sendas bolsas de sopa y varios juegos de botas Machita con los que la clase trabajadora obrera que ha hecho grande al país, jugaba fútbol en los descansos de duras jornadas a punta de ladrillo, estuco y taladro.

Imagen exclusiva del “Picadito” dominical.
Los santafereños no se preocuparon en demasía por las consecuencias que podría acarrear un juego de esta estirpe: simplemente el único temor para ellos era saber si sus canilleras serían capaces de aguantar un patadón de una bota de caucho color amarilla o si el “tercer tiempo”, de quincena invertida en canastas de pola, iba a ir por cuenta de ellos. Incluso les llamó la atención que fueran a abrir El Campín para enfrentarse a un combinado de albañiles. Entonces, en vez de estudiar tácticas y estrategias para contrarrestar al rival, empezaron a buscar terminología adecuada para jugar con ellos. Fue por eso que Bienvenido Arteta, Eladio Vásquez y Miguel Ángel Converti se dedicaron a ensayar expresiones como “chiquita, chiquita”, “hágame famoso”, “garosiela, garosiela” y “No la envicie”, para estar acorde con la ocasión.
Pero cuando saltaron al campo la realidad fue otra: el estadio estaba hasta las banderas y enfrente no estaba el señor Albarracín y un combo de enjutos u obesos obreros. Era la selección de la Unión Soviética que, comandada por el estelar Valery Gazzaev le dio un baile de la madre a Santa Fe, que cayó 5-1.
La leyenda cuenta que algunos jugadores intercambiaron pañoletas y botas Machita, por camisetas y guayos de sus pares soviéticos
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