
Pregunta que nunca falta cuando coinciden por lo menos dos fanáticos y dos cervezas: “ole, y ¿qué habrá sido del pelado que ganó ese reality para escoger dizque la estrella azul?”. Sin querer queriendo, el destino de Julián Martínez –ni los más enfermos recuerdan su nombre- ha sabido hacerse a un lugar entre los grandes enigmas contemporáneos: ¿es verdad que la mamá de Prince (el cantante, no el técnico) es caleña? y ¿alguién sabe qué pasó con la estrella azul? son dos preguntas que suelen ir de la mano en cualquier velada en la que aflore el tema de los mitos y las leyendas urbanas.
Ganador de “Estrella azul”, reality que en los índices de recordación popular sale mejor librado que “Protagonistas de novela 2 y 3″, “Nómadas” y aquel que en el que se encerraba un lote de guarichas para que un supuesto multimillonario las escogiera, Julián Martínez tuvo sobre sus hombros la responsabilidad de demostrar que el género de los realities también podía favorecer a quienes esgrimían talentos diferentes a la talla del brasier. Desafortunadamente, esta carga pesó demasiado sobre quien sin haber debutado ya había sido primera página de El Tiempo y –especialmente entre el público femenino- era más popular que el mismo Peluffo, técnico azul en aquel entonces, y que el “Cabezón” Rodríguez.

Julián, acosado por la prensa.
Confirmando aquello de que a la televisión no hay que creerle de a mucho, Julián no llegó de buenas a primeras al plantel profesional de Millonarios. Una vez derrotó a Mario Anchique en la final del concurso a comienzos de 2003 junto con otros siete u ocho participantes Julián fue ubicado en el equipo de primera C. Acostumbrándose cada vez más a a ser blanco de todas las miradas y comentarios, Julián tuvo también algunas esporádicas incursiones en el equipo de reservas que ese año disputaba los preeliminares de los partidos de la profesional. De su primer año en Millonarios se destacan unos minutos finales de un preliminar de un clásico entre las reservas de los dos equipos capitalinos cuando en el estadio ya había unas 20,000 personas y otros minutos que Peluffo lo dejó jugar en un amistoso contra Honduras en el país centroamericano. Esto fue lo más cerca que estuvo Julián de eliminar de una vez y para siempre el diminutivo “ita” que aparecía cada vez más acompañando a “estrella” cuando de él se hablaba en los corrillos. De acuerdo con un entrenador que lo tuvo a su cargo al ser consultado por la unidad investigativa del Bestiario, una nociva mezcla de indisciplina, lesiones y la pereza, fiel compañera de quienes crecieron más arriba de San Alberto, comenzó a hacer mella sobre Julián.

Julián, en su primer entreno con la profesional.
El 2004, que pintaba como su año definitivo, comenzó para Julián en medio de estas mismas variables. Esta siguió siendo la constante hasta mediados de año, cuando una agobiante crisis económica obligó a Millonarios a afrontar el torneo local y la Copa Suramericana con un plantel de juveniles. Para Julián esta sería su última oportunidad. Era ahora o nunca. Fue así como en ese segundo semestre, no sobra recordarlo, debutó todo aquel que pasó por el kilómetro 21 de la autopista norte con unos guayos al hombro preguntando por “lo de jugar los domingos en el Campín”. Esta promoción abrió las puertas para que debutaran Jimmy Montes, Fabio Tamayo y Jaime Rafael Morón entre muchos, muchos otros afortunados que de otra forma jamás llegarían a pisar el gramado de la 57. Tan crítico era el cuadro del paciente que llegó incluso a debutar Difilipe, pintoresco mochilero argentino que pronto recibirá su homenaje. Todos debutaron, menos Julián.
Terminó el 2004 y con él las excusas para quien a esa altura ya había hecho méritos suficientes para que el diminutivo “ita” acompañara por siempre al sustantivo “estrella”. Para el comienzo de la pretemporada de 2005 su nombre ya no apareció. Este abandonó para siempre el mundo de las vendas, el mentol y la pecueca para instalarse junto al del Tuto Barrios y al de Pepita Mendieta, en el más bien sórdido mundo de los mitos y leyendas urbanas que de cuando en vez es visitado por algunos pocos sicópatas cortesía de sendas botellas de Vatt69.
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