
No hay nadie que haya estado más tiempo sentado en el banco de suplentes esperando una oportunidad para ocupar el arco de un equipo, o al menos eso creemos. Chimá, eterno portero relevista del Junior, tuvo que gastar sus años de juventud viendo desfilar frente a su cara nombres como los de Juan Carlos Delménico, Esteban Pogany, Carlos Goyén, Lorenzo Carrabs entre otros, mientras que sus gotas de magia (escasas por cierto) se extinguían.
Suerte similar corrieron otro tipo de discípulos del estilo Leonidas De La Hoz o Calixto Chiquillo, pero Chimá, el pobre de Chimá, hizo carrera por atajar solamente en los entrenamientos y para el equipo suplente. Entonces, para distraerse un poco de semejante realidad tan macabra, salía por las calles de la ciudad manejando un destartalado Volkswagen Escarabajo sin calefacción, único tesoro recaudado en tiempos donde los emergentes siempre cobraban menos de la mitad del premio por partido ganado.
Como los mejores cronistas episcopales que han vivido distintos cónclaves a lo largo del tiempo, Chimá tuvo el privilegio de estar tanto en el Romelio Martínez como en el Metropolitano, calentando su asiento, no apto para que algún abocado cliente hemorroidal ocupara ese lugar, porque, si se suman el durísimo calor barranquillero con el tiempo estimado de ocupación de Chimá en la silla, la temperatura del magma volcánico es apenas un lejano comparativo para con aquellas sensaciones que emergían del sitial que Chimá se encargó de llenar durante años y años.
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Vivió casi siempre bajo la sombra de otros que nunca lo dejaron demostrar sus verdaderas condiciones como arquero. En Millonarios tuvo a Vivalda, que no lo dejó oler jamás un partido y en Bucaramanga al mítico Luisito Landaburu, que no era una maravilla, pero que le alcanzaba para ganarle el puesto a Nazarith
De Buenos Aires, Cauca, Lorenzo se especializó en reconocer cuán mullidos o duros eran los banquillos para los suplentes, pues la mayor parte de su carrera se la pasó sentado, al lado del entrenador, oyendo indicaciones para aquellos que sí tenían la fortuna de jugar.
Pero él no se quedaba con las ganas de sentir el público rugiendo por los goles o aplaudiendo sus atajadas. Entonces cada diciembre era uno de los habituales integrantes de las nóminas de los clubes que cada diciembre disputan el tradicional torneo del Olaya, en Bogotá.
Los recuerdos lo ligan más a instituciones probas y de reconocida tradición como Apuestas Monserrate y Montaña y Fandiño y Nazarith, buen tipo él, se conformó con ese pedazo del ponqué que el fútbol le dio.
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El sueño del pibe, dirían los argentinos, lo tuvo este discreto arquero cuando fue inscrito por Millonarios en la nómina de Copa Libertadores de 1985, cuando los azules iban a enfrentar a Guaraní, América y Cerro Porteño.
Claro, delante de Rojas estaban Pedro Vivalda y Lorenzo Nazarith, tal vez. El hecho es que Rojas quedó inscrito en esa nómina, que no tuvo mucho éxito y que fue eliminada en la primera ronda del certamen de clubes.
Escasísima rotación en el mundo profesional fue el premio para Rojas, que atajaba con las medias caídas, como uno de sus únicos símbolos que se inventó para ser reconocido por algunos contados psicópatas que todavía lo recuerdan.
En el Manuel Murillo Toro de Ibagué, tuvo más cantidad de apariciones, pero se perdió en medio de la manigua. Nunca más se supo de él.
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Cuando debutó a los 18 años con el Deportivo Cali muchos creyeron que se trataba del sucesor de Farid Mondragón. Igual que Farid, Córdoba, Calero y otros tantos, Alejandro había hecho su escuela como arquero en las divisiones inferiores del equipo vallecaucano. Con apariciones intermitentes en el arco del Cali desde su debut en 1998, parecía que el 2002 iba a ser el año de su consolidación. Sin embargo, el destino tuvo a bien ponerlo bajo los tres palos del verde vallecaucano esa fatídica tarde de miércoles en Santa Marta cuando el Unión, en una gesta histórica, lo derrotó, lo aplastó, lo apabulló, seis goles a cero. Tal y como sucede en las mejores familias, después de este duro golpe el Cali decidió enviar a Alejandro al exterior. Y no fue a Gimnasia y Tiro de Salta ni a Sport Colombia, no, Alejandro desembarcó en Independiente. El mismo equipo que había consagrado a Farid. En Avellaneda, Botero fue eterno suplente el año en que estuvo. Su irregularidad hizo que en segundo semestre de 2003 recalara en Argentinos Juniors. Estaba haciendo el mismo recorrido de Farid solo que al revés. En La Paternal fue también constante suplente sin lograr, por fin, demostrar sus condiciones. Regresó finalmente al Cali para el segundo semestre de 2005. Hoy es el tercer arquero detrás de Fernandez y Juan Pablo Ramirez. Triste..

Tiene uno de los mejores apodos del mundo. “La sombra”. Solamente ese mérito tiene el arquero nacido en Zaragoza (Caldas), dueño de una de las historias más tibias en el fútbol colombiano.
Nunca se destacó sobre el resto, fue casi siempre suplentazo excluyente en el Once Caldas (casa que lo albergó como a hijo bobo) y las pocas veces que actuó, fue una invitación al desastre futbolístico.
Eso sí, no se puede negar que el tipo tenía cara de buena gente, lo que habla bien de un hombre que pudo haber desarrollado un resentimiento eterno por ser un habitual ocupante del banco de suplentes.
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Precursor de los Armandos Navarretes y de los Fabianes Carabalis, Pablo Chaverra fue el eterno tercer arquero en la escuadra cardenal a finales de la década de 1980 y comienzos de la década de 1990. Llegó a Bogotá desde Buenaventura con sus paisanos Didio Mosquera y un tal Adofo Valencia. Los porteños tuvieron suerte, al poco tiempo de haber llegado los tres ya se habían asegurado un lugar en el primer equipo cardenal. Uno en la volante, otro en el ataque y otro.. en la tribuna. Cansado de calentar las frías gradas del Campín, Pablo decidió armar su maleta y partió rumbo al siempre modesto Cúcuta Deportivo. En el Cúcuta, no podría ser de otra forma, llegó a ser suplente. En todo caso, ya había logrado algùn avance: había abandonado la tribuna y el 22 (en realidad utilizaba el exótico número 30) para enfundarse el 12 y ocupar un lugar en el banco de suplentes. Emigró después al Envigado, tal y como le sucede a todos los eternos suplentes Pablo comprobó que el que perservera alcanza y finalmente le llegó su oportunidad de saltar a la cancha. Pero como también le suele suceder a todos los eternos suplentes, la malogró. En efecto, en el segundo o tercer partido que disputaba como titular de un alicaído Cúcuta en una desafortunada jugada le ocasionó una seria fractura de tibia y peroné a Carlos Zúñiga, delantero del Once Caldas. El mundo se le vino encima al pobre Pablo. Los falsos defensores de la moral, el juego limpio y las buenas costumbres que nunca faltan en estos casos descargaron toda su artillerìa sobre su ya vapuleada integridad pidiendo, como siempre, “la más dura y ejemplarizante de las sanciones”. Como siempre sucede en estos casos de presión mediática , y pasandose por la faja el debido proceso, el tribunal de turno sancionó a Chaverra con varias fechas de suspensión que determinaron, de paso, el final de su carrera..

Arquero bogotano, en sus comienzos fue eterno suplente de Landaburu en el Bucaramanga. Su máximo logro fue el de poner en aprietos a los narradores a la hora de pronunciar su apellido. Hay que decir, sin embargo, que esto no ocurrió muchas veces pues fueron pocos los partidos en los que pisó el gramado. Después de varias temporadas en el banco del Bucaramanga con algunas apariciones en la titular llegó al banco de Millonarios en 1994. En los pocos partidos en que reemplazó a Villarraga no logró demostrar sus condiciones. Después de su paso por Millonarios este eterno 22 emigró al fútbol venezolano, pasó por el banco del DIM y terminó su carrera en el Huila, equipo en el que por fin pudo enfundarse el buzo “1″ en algunos partidos. Actualmente es entrenador de arqueros del Bucaramanga (no solo de los suplentes, también del titular). .

Eterno referente cuando se habla del número 22. Perenne suplente de Millonarios en la década de 1980, le debe su remoquete a que su esposa lo esperaba los sábados al terminar los entrenamientos con una gallina bajo el brazo para el respectivo sancocho sabatino. Como buen eterno suplente el día de 1988 en que por fin le llegó la tan ansiada oportunidad no estaba disponible y tuvo que ver como ante el licenciamiento de Cousillas, Omar Franco (el tercer arquero por ese entonces) se apoderó de la titular para meses más tarde consagrarse como el arquero más jóven en quedar campeón del rentado colombiano. Años más tarde y haciendo honor a su apodo emprendió vuelo hacia el DIM de su tierra natal. En este equipo calentó el banco durante varias temporadas teniendo algunas fugaces contactos con el cesped que tanto añoraba. Se retiró a comienzos de la década de 1990 para dedicarse a ser entrenador de arqueros, actividad en la que afortunadamente no existe la figura del suplente.
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