Felipe Nery Franco

Colombia lo conoció por ser uno de los atacantes más raros que haya pasado por nuestras pintorescas canchas. Su facha puerca, de pelo largo y cochino, más su larga barba descuidada, le valieron que algún narrador lo bautizara como “El apóstol”.

Apóstol, claro, de la extraña intolerancia, pues era un habitual abonado a las expulsiones. Y aunque alcanzó a meter algunos goles importantes para el Unión Magdalena y el Cúcuta (él fue uno de los jugadores motilones que logró la hazaña de colar al Cúcuta Deportivo por primera vez en los octogonales finales, año 1988) el paraguayo nunca fue un hombre descollante.


Imagen, cortesía Orlando López

Un buen día de diciembre de 1990 su presencia sorprendió al mundo entero: hacía parte de la nómina titular de Olimpia, que jugaba la final de la Copa Intercontinental de Clubes frente al Milan. Pasó como un soplo del Eduardo Santos de Santa Marta al Estadio Nacional de Tokio.

Y Nery Franco seguía exacto al de toda la vida: con el pelo grasoso y alborotado y el uniforme puerco en el himno nacional. Franco Baresi tuvo que marcarlo en un par de ocasiones y, lógico, lo borró. Pero el mundo ya había visto lo más importante de ese encuentro: la presencia omnipotente de “El Apóstol”.

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Marcos Vinicius

Hace unos años existió en Colombia una singular figura que le permitía a los jugadores extranjeros que había logrado algún suceso en sus equipos mandar traer de su país de origen a un compadre como refuerzo. Esta figura permitió, por ejemplo, la llegada a Millonarios de Pablo Abdala, viejo amigo de Ricardo Lunari. Otro foráneo que militaba por ese entonces en Millonarios, Marcio Cruz, decidió no quedarse atrás y para el segundo semestre de 1996 mandó traer a su paisano y amigo de infancia, Marcos Vinicius.
No le tomó mucho tiempo a Vinicius demostrar que su único mérito y la razón por la que la fortuna le había permitido cambiar la calle de su barrio en Brasil por un estadio con pasto, pista atlética y 30,000 espectadores era su vieja amistad con Marcio. Jugó algunos partidos que fueron suficientes para que quedara claro que quizás le hubiera ido mejor emulando a su homónimo (Marcos Vinicius de Moraes) en la canción. .

Italian Pizza

Damos la bienvenida a nuestro nuevo patrocinador. Eterno alcahuete de un conocido periodista que usa de pontificar sobre lo divino y lo humano todas las mañanas en el 650 del a.m durante varios años. Con sucursal en Cartagena y próximamente con sucursales en el resto del país. .

Oscar Francisco Quagliatta


El suicidio o la burla son los dos únicos caminos que puede tener un jugador (ni siquiera un futbolista) cuando su apodo es EL CUCHO. Esa es la vida del uruguayo Óscar Francisco Quagliata, un pelado jugador, que al mejor estilo de Jorge Amado Nunes, llegó al Deportivo Cali para romper las redes. Llegó para la temporada de 1996 al equipo Azucarero, proveniente de Central Español, equipo de la primera división charrúa. Entre su hoja de vida se destacaba un hecho sin precedentes: había sido goleador del campeonato nacional en 1989 con la gran suma de siete (si, 7, como las vidas del gato) goles en 20 partidos, participando en la gran nómina de Huracán Buceo. Tuvo la honra de compartir el trofeo con artilleros de la talla de Johny Miqueiro de Progreso (si alguien lo conoce, favor hacer el aporte) y Diego Aguirre de Peñarol.

En el Deportivo Cali tuvo una efímera gloria, saliendo campeón en el equipo del Pecoso Castro, con jugadores como Edison Mafla, Óscar Pareja, Víctor Bonilla, Hamilton Ricard y un par de pelados que despuntaban bien… Mario Yepes y Mayer Candelo.Quagliata no cuajó y su fútbol fue carente, así como su cabello. Se fue por la puerta lateral, como lo ha hecho el Pecoso en varios clubes y como lo seguirá haciendo Mayer. Lo último que se supo de él era su estadía en Montevideo Wanderers hasta el 2000. En el nuevo milenio, su fútbol pasó a ser de veteranos..

Oscar Sabino Regenhart

Su figura semejaba a uno de los borrachos maleantes que tenía que enfrentar Olafo, el Amargado, en cada una de sus incursiones por los países nórdicos. En la calle era confundido con un albino, una clase de mono cariblanco, típico de las regiones frías de Colombia. En Pocas palabras, Óscar Sabino Regenhart se parecía a todo, menos a un jugador de fútbol.


(Cortesía, Orlando López)

El Chócolo llegó al Independiente Medellín en 1987 para reforzar la zaga que había perdido a Luis Carlos Perea, de transferencia fraudulenta al rival de patio, Atlético Nacional. Óscar llegó procedente del Unión de Santa Fe, equipo que siempre a peleado los últimos puestos, y con los pergaminos de haber jugado en 1982 en España. No, no se confunda, no fue al Mundial. Jugó para el Málaga, en segunda en aquel momento, pero sólo duró un par de temporadas.Resulta que el refuerzo argentino era un bodrio. Como los basquetbolistas altos se enredaba con sus propias piernas y caía con facilidad. Eso sí, tuvo su momento de gloria el 23 de octubre, cuando anotó el gol del triunfo del DIM frente al Pereira, a los 18 minutos del segundo tiempo, que le dio la clasificación al Poderoso para las finales. Después, en el último partido, fue sustituido por tronco por Juan Carlos «Gamo» Estrada, un paisa que no despuntó como jugador pero si como trovador. Pero esa es otra historia. El Chócolo siguió su vida lejos de Medellín, gracias a Dios.

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Alejandro Botero

Cuando debutó a los 18 años con el Deportivo Cali muchos creyeron que se trataba del sucesor de Farid Mondragón. Igual que Farid, Córdoba, Calero y otros tantos, Alejandro había hecho su escuela como arquero en las divisiones inferiores del equipo vallecaucano. Con apariciones intermitentes en el arco del Cali desde su debut en 1998, parecía que el 2002 iba a ser el año de su consolidación. Sin embargo, el destino tuvo a bien ponerlo bajo los tres palos del verde vallecaucano esa fatídica tarde de miércoles en Santa Marta cuando el Unión, en una gesta histórica, lo derrotó, lo aplastó, lo apabulló, seis goles a cero. Tal y como sucede en las mejores familias, después de este duro golpe el Cali decidió enviar a Alejandro al exterior. Y no fue a Gimnasia y Tiro de Salta ni a Sport Colombia, no, Alejandro desembarcó en Independiente. El mismo equipo que había consagrado a Farid. En Avellaneda, Botero fue eterno suplente el año en que estuvo. Su irregularidad hizo que en segundo semestre de 2003 recalara en Argentinos Juniors. Estaba haciendo el mismo recorrido de Farid solo que al revés. En La Paternal fue también constante suplente sin lograr, por fin, demostrar sus condiciones. Regresó finalmente al Cali para el segundo semestre de 2005. Hoy es el tercer arquero detrás de Fernandez y Juan Pablo Ramirez. Triste..

Oswaldo "La Sombra" Durán

Tiene uno de los mejores apodos del mundo. “La sombra”. Solamente ese mérito tiene el arquero nacido en Zaragoza (Caldas), dueño de una de las historias más tibias en el fútbol colombiano.

Nunca se destacó sobre el resto, fue casi siempre suplentazo excluyente en el Once Caldas (casa que lo albergó como a hijo bobo) y las pocas veces que actuó, fue una invitación al desastre futbolístico.

Eso sí, no se puede negar que el tipo tenía cara de buena gente, lo que habla bien de un hombre que pudo haber desarrollado un resentimiento eterno por ser un habitual ocupante del banco de suplentes.
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Manuel Rincón

Manolito tuvo que sufrir la triste historia del hermano carente de talento vs el crack de la casa. No fue fácil para Manuel decir que, a pesar de haber debutado primero y conocer los trucos del fútbol con anterioridad, fue completamente opacado por la presencia de su hermano Freddy Rincón.

Pero antes de que Freddy Eusebio le quitara todo el protagonismo, Manuel Rincón era jugador del Once Caldas que dirigió Francisco Maturana. Pero aunque este equipo fue brillante, Rincón era el lunar del conjunto, sin que esto se tome como un comentario racista.

Zaguero central, es recordado porque jugando un clásico Santa Fe-Millonarios en 1988, le propinó a Hugo Galeano uno de los codazos más criminales de los que se tenga noticia. En 1994 formó con el Tulúa, que casi desciende ese año por los yerros de Manolito, que, especulando un poco, fue seguramente uno de los pocos colombianos que no gritó el gol de la selección Colombia contra Alemania en el mundial de 1990 pues ese día que marcó el inicio de la leyenda de Freddy Rincón, fue la fecha en la que entró la última palada de tierra a su sepultura en el recuerdo del fútbol.
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Barra Alumbrado público

En su afán de darle cabida a todos los que hacen parte del fantástico mundo del rentado criollo, el Bestiario abre sus puertas a los hinchas y las barras que cumplan con los requisitos que se mencionan en nuestra presentación.

Curioso el nombre de esta barra, de verdad curioso. ¿Estará compuesta por trabajadores de la empresa de energía del Tolima? Deberá su nombre a que sus integrantes tienen la singular costumbre de celebrar las victorias del equipo pijao destrozando a pedradas los focos que dan luz a las calles de Ibagué? ¿O será que sus miembros escogen cada uno un poste y se trepan al terminar cada partido gane, pierda o empate el vintotinto y oro? En cualquier caso, anímamos a nuestros amables lectores a encontrar una barra con un nombre más enigmático que este..

Pablo Chaverra

Precursor de los Armandos Navarretes y de los Fabianes Carabalis, Pablo Chaverra fue el eterno tercer arquero en la escuadra cardenal a finales de la década de 1980 y comienzos de la década de 1990. Llegó a Bogotá desde Buenaventura con sus paisanos Didio Mosquera y un tal Adofo Valencia. Los porteños tuvieron suerte, al poco tiempo de haber llegado los tres ya se habían asegurado un lugar en el primer equipo cardenal. Uno en la volante, otro en el ataque y otro.. en la tribuna. Cansado de calentar las frías gradas del Campín, Pablo decidió armar su maleta y partió rumbo al siempre modesto Cúcuta Deportivo. En el Cúcuta, no podría ser de otra forma, llegó a ser suplente. En todo caso, ya había logrado algùn avance: había abandonado la tribuna y el 22 (en realidad utilizaba el exótico número 30) para enfundarse el 12 y ocupar un lugar en el banco de suplentes. Emigró después al Envigado, tal y como le sucede a todos los eternos suplentes Pablo comprobó que el que perservera alcanza y finalmente le llegó su oportunidad de saltar a la cancha. Pero como también le suele suceder a todos los eternos suplentes, la malogró. En efecto, en el segundo o tercer partido que disputaba como titular de un alicaído Cúcuta en una desafortunada jugada le ocasionó una seria fractura de tibia y peroné a Carlos Zúñiga, delantero del Once Caldas. El mundo se le vino encima al pobre Pablo. Los falsos defensores de la moral, el juego limpio y las buenas costumbres que nunca faltan en estos casos descargaron toda su artillerìa sobre su ya vapuleada integridad pidiendo, como siempre, «la más dura y ejemplarizante de las sanciones». Como siempre sucede en estos casos de presión mediática , y pasandose por la faja el debido proceso, el tribunal de turno sancionó a Chaverra con varias fechas de suspensión que determinaron, de paso, el final de su carrera..